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¿Y… Qué es el “mercado”?

La idea y significado de “mercado” es, sin duda, una de las palabras más usadas y a la vez, menos comprendidas y más vilipendiadas. Siempre acompañada de calificativos negativos como “el cruel mercado”, “mercado injusto” o “mercado imperfecto”.

Esta percepción generalizada nutre la idea de un monstruo impersonal y autónomo, a veces bueno y muchas veces no, que vive y funciona al margen de la acción humana. Aquí veremos que no hay tal monstruo y que, en su origen y mecanismos, está siempre al actuar de la gente.

Partiendo de una definición clásica tomada de la Enciclopedia Británica, un mercado es un “medio a través del cual se suscita el intercambio de bienes y servicios como resultado del contacto entre compradores y vendedores, ya sea directamente o a través de intermediarios”.

El economista Alfred Marshall (1890) precisó que el mercado involucra compradores y vendedores que están en contacto y que ese contacto puede ocurrir a través de muchas formas, como ferias, recintos, reuniones, listas de precios e incluso la internet.

Queda claro que el mercado lo constituyen compradores y vendedores. El mercado no es el recinto ni la pantalla de computadora donde se realizan estas transacciones. Más básico aún: lo constituyen personas de carne y hueso, unos que quieren comprar y otros que quieren vender. Pero nos podemos poner aún más básicos, tanto los que quieren comprar como los que quieren vender buscan la satisfacción de alguna necesidad o capricho. Todos, porque los que quieren vender, lo hacen para poder entonces comprar.

El mercado es acción humana en movimiento. Ese concurrir de personas de uno y otro lado de las necesidades hace posible el intercambio. Y lo que da luz verde a ese intercambio es el acuerdo de que ambas partes se sienten satisfechas, una, de lo que adquiere y la otra, de lo que recibe a cambio de lo que cede. Esta mutua satisfacción se concreta en un “precio”. Durante muchos siglos ese precio fue el intercambio de bienes, el trueque; ya fuese un ovillo de lana por un puñado de semillas o una bolsa de sal por una gallina y dos pollas. Hoy, ese precio se expresa en un bien mutuamente aceptado, y que simplifica las transacciones: el dinero.

Pero la belleza del intercambio no está en la acción individual. Está en las señales colectivas que las múltiples y simultáneas transacciones individuales, transmiten a la sociedad las pocas o muchas preferencias de la gente. Esas preferencias, en un mercado libre, lo expresan los movimientos del precio. Así, una señora que va al “Chinito” de su barrio, no tiene que leer las noticias económicas ni valerse de complicadas ecuaciones para saber qué y cuánto comprar. El sistema de precios, producto del intercambio libre y voluntario de miles de personas, ya le da la información que necesita.

Cuando un producto, ya sea por su calidad, por su precio o incluso por su imagen, no satisfacen las expectativas del “mercado” (o sea la gente), la gente (o sea el mercado), no lo demandarán y su precio caerá y si siguen sin obtener el favor de la gente, el bien desaparecerá. Esto no es “crueldad” ni “ignorancia” del mercado. El mercado como ente abstracto, no es ni sabio ni moral. Es solo el reflejo de las decisiones de los individuos, que por sí mismos o representando instituciones o gobiernos, ejercen las preferencias que tienen.

Lo más espectacular del mercado es que siendo una institución vital de cualquier economía, su éxito no depende de ninguna medida “económica”. El mercado necesita que exista un estado de derecho que respete los contratos y fomente —no restrinja— el intercambio voluntario; que la propiedad pueda transferirse por consentimiento de las partes, y que exista libre acceso a la información generada por la sociedad.

En la medida en que estos principios se vulneren o no existan, el intercambio que se dé, si alguno, no va a reflejar una ganancia para ambas partes y posiblemente muy poca para la sociedad. Nadie lo puso más claro que David Hume (1771-1776): “Donde no hay estabilidad para la posesión, habrá guerra perpetua. Donde la propiedad no pueda transferirse por consentimiento de las partes, no habrá comercio. Donde las promesas no se cumplan, no habrá ligas ni alianzas” *.

Desde otra perspectiva —y correctamente, diría yo— muchas personas antimercado apuntan a “imperfecciones “o “manipulaciones“ del mercado como la falta de libre acceso, la existencia de carteles o monopolios que tienen a manipular o influir los precios a su favor. También apuntan a la manipulación de información o información falsa o engañosa que contamina las señales del mercado.

A estos argumentos y los contrargumentos nos referiremos pronto.

* “Where possession has no stability, there must be perpetual war. Where property is not transferred by consent, there can be no commerce. Where promises are not observed, there can be no leagues nor alliances. “David Hume (1711-1776)

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