La inversión privada directa (IPD) es necesaria para capitalizar una economía libre. En países donde la formación de ahorro es baja, la inversión privada extranjera es vital. Además de traer capital, la IPD viene acompañada de tecnología, organización y otros tipos de “know-how” que carecemos. Muchas de esas inversiones no vienen a competir en el mercado interno sino a servir otros mercados. De esa forma no solo expanden la inversión sino los mercados de bienes y servicios y con ello incremento de empleos, bienes y servicios locales, en fin, prosperidad.
Por enfatizar las bondades de la inversión extranjera, ignoramos que también existe valiosa inversión local. Es cierto que no tiene la escala, ni trae el know-how de la inversión extranjera, pero conoce el patio y navega mejor las telarañas de la burocracia y los vaivenes políticos. Son sin duda, una buena veleta del clima de inversión del país. Y suplen o complementan las brechas que no satisfacen la inversión de fuera.
Desafortunadamente, a pesar de su relevancia, gran parte de la discusión y los informes anuales sobre la inversión privada directa miden su incremento o disminución. Estas mediciones tienen un grado asombroso de detalle, prolija en definiciones y explicaciones de las variaciones. Pero poco o ninguna explica las causas fundamentales de las variaciones. Hay que ir al “porqué” de las cosas. ¡Voy para allá!
Las economías de mercado funcionan y crecen por una combinación de factores físicos, monetarios, legales, políticos e institucionales. Las oportunidades de inversión solo se identifican, evalúan, y ejecutan si hay un marco aceptable o razonable de libertad o coordinación de estos factores, que resulte en un retorno atractivo y estable.
Así, la explotación de una mina de cobre, por ejemplo, no solo requiere el yacimiento, necesita recursos humanos y técnicos disponibles. Es necesario que haya un entramado de autorizaciones y permisos de las instituciones públicas, que velen no solo por los derechos de los promotores e inversionistas, sino por las salvaguardas laborales, ecológicas y de seguridad. Y encima de todo, un consenso social y político sobre la conveniencia de ese proyecto.
Pero estas precondiciones son necesarias, pero no suficientes. Para que la mina abra y opere falta el “chen-chen” o sea, la inversión directa, nacional o extranjera. Pero al mismo tiempo, habiendo “chen-chen”, no habrá mina si las precondiciones descritas arriba, faltan o son insuficientes para que la inversión privada rompa el chanchito. Es lo de la gallina o el huevo a la vez.
Lo largo y lo corto de lo dicho arriba, es que la inversión privada directa, local o extranjera, es un animal que solo aparece cuando se alinean oportunidades, condiciones económicas favorables, y apoyo institucional, en un marco político por lo menos neutro. Así, ya sea para abrir una lechería, construir un hotel o desarrollar una mina, en mayor o menor grado, la fórmula es la misma: oportunidad, recursos favorables, un gobierno efectivo y un país que apoya la prosperidad y la formación de riqueza.
Antes de seguir, es necesario definir mejor las “oportunidades de inversión”. La reacción inicial es siempre pensar en ventajas o activos existentes como un yacimiento, tierra fértil bien irrigada o playas con atractivo turístico. Pero hay más y son las más. Están todas aquellas oportunidades que se derivan de activos institucionales, muchos incluso intangibles. Así, tener una mano de obra entrenada y bilingüe, energía barata o un país conectado y seguro, permite la generación de otras oportunidades de inversión como serían manufacturas ligeras, call centers o hubs de comunicaciones. No son más que creaciones humanas que combinan ideas, fortalezas y recursos.
Dicho todo lo anterior, examinemos los factores que mueven o anulan la inversión directa. En el mundo que conocemos, el capital es abundante y no tenemos restricciones financieras ni fiscales a la inversión en el país. Entonces, la ausencia o disminución de inversión privada directa en el país, no obedece a restricciones externas. Las inversiones no se hacen o se reducen, porque alguna o todas las variables de la formula expresada arriba, impiden o restringen esas inversiones. Aquí podemos decir que “la fiebre sí está en la sábana”.
En este país hay oportunidades de inversión que no cristalizan porque nuestra mano de obra es cara, ineficiente y protegida. Porque la energía es cara, los servicios públicos son deficientes y la burocracia es asfixiante. Todo esto en contra, para tratar de servir a un país diminuto con un poder adquisitivo pequeño. ¿Vale la pena entonces invertir?
De igual manera, inversiones que requieren poco insumo de capital, nunca cristalizan por las mismas razones. Hacer un puerto turístico, por ejemplo, con un empapelamiento que te lleva al menos a tres ministerios y hasta años de pasillos. Además, también tienes que caerle bien al gobierno local. Para luego operar un muelle donde los costos laborales de los turnos en horas y festivos cuestan tres veces más que en otras actividades.
En un país donde los proyectos impulsados por la bondad de los recursos naturales son muy pocos, dependemos de la ingenuidad e iniciativa que tenemos de sobra para crear oportunidades. Pero aquí otra vez, los insumos para crearlos como fuerza laboral, flexibilidad regulatoria, apoyo institucional son muy pobres o inexistentes. Aquí no nacerá otro Microsoft u otro Google, y no porque no haya panameños geniales. Nunca habrá, porque entre el Seguro Social, el ministerio de trabajo y los bomberos, nos aseguraremos de que ese emprendimiento nunca vea la luz.
Lo más malo de todo esto es que entonces, para lograr alguna inversión regalamos el país. Sabemos que la burocracia es corrupta y asfixiante pero no la encaramos. Sabemos que los servicios son caros y escasos y no invertimos en ellos, sabemos que la rigidez laboral es antieconómica y no reformarnos el código. Entonces tratamos de compensar estas deficiencias dando incentivos fiscales y subsidios, que salen de seguirnos endeudando y ensanchando la brecha fiscal. Pero además, los subsidios y dádivas fiscales son temporales y solo atraen negocios de corto plazo. Las inversiones de capital crecientes, estables y de largo plazo requieren ventajas estructurales de largo plazo.
A pesar de estos retos ineludibles, existen nichos y sectores atractivos donde la inversión privada directa es una condición necesaria y los retornos y estabilidad jurídica, condición suficiente para hacerla posible, lo vemos la otra semana.
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